Fabulaciones
(A propósito de las nuevas creaciones de Santiago Avila)
Picasso decía, “Para dibujar hay que cerrar los ojos y cantar”, en algún momento durante algún parpadeo, se reunieron el diseño con las venas del arte y se convirtieron en pura expresión, estas obras presentadas parecen evidenciar los resortes críticos de la imagen, ante el avance que muchas de ellas experimentan, cada vez más presentes, vaciadas de contenido, ante el tenor que las fagocita, la amnesia y la desinformación visual, tras ser sometidas a poderosas sorderas mediatizadas que la sociedad de consumo las valida.
Estos escenarios reconstruyen, reinventan con dibujo y color desde la imaginación, recovecos, pasajes e intersticios ficcionados de tramas ligadas, acontecimientos que resurgen entre renglones, desde la mano de la sátira, ese personaje tácito que envuelve con intrigas los relatos que la contienen, quietas, detenidas en el soporte, arrinconadas, al observarlas, te conducen a ese sesgo entre las dos puntas del tiempo, ya que se inspiran del olvido que trasciende, aquellas luchas liberadoras del Cabichui, recobran algunas de sus esencias, envuelven con nuevas paradojas las rémoras, un acto diferido que recrea el tránsito entre la realidad y el contexto, nos rememora los confines y las poéticas emancipadoras del arte, las filosofías del tiempo.
“Trincheras”, es una sutil mirada que convoca cuestiones de la coyuntura que siempre hemos tenido y que al inspirarse en un periodismo reflexivo, ironiza las tretas políticas que hoy en día no se encuentran resueltas y a través de acertijos, nos plantea este escenario, un breve y permanente acto de resistencia, ante las ideas de justicia que se resisten a morir.
Celso Figueredo
Fecha: 15-JUNIO-2026
Se abrieron las puertas y el silencio riguroso del montaje finalmente se rompió. Trinchera dejó de ser el proyecto latente que se custodiaba entre las paredes del taller para convertirse en un territorio habitado.
Siempre decimos que la obra de Santi Ávila no busca dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas. Pero ver ese proceso suceder en tiempo real, con la sala llena, es otra cosa. Las texturas densas del acrílico, y la memoria gráfica de la serigrafía —que hasta hace unos días eran puro debate matérico— encontraron su verdadero desenlace en el reflejo de los ojos que se acercaron a mirar.
Hubo algo sumamente poderoso en ver cómo la gente descifraba el recorrido. Espectadores que se aproximaban a centímetros del lienzo para perderse en el rastro de las letras capitales; otros que tomaban distancia, como intentando procesar el peso abstracto de ese eco histórico que Santi trajo al presente. La muestra dejó de ser una exposición estática para volverse un espacio de encuentro, de discusión y, sobre todo, de coincidencia.
El arte ocurre ahí, en ese tejido invisible que se arma entre la intención del artista y la sensibilidad del que se para enfrente. Los brindis, las risas compartidas, los debates improvisados y los encuentros afectivos terminaron de pintar los espacios que se dejó abiertos a propósito.
Trinchera ya no es solo de Santi. Ahora le pertenece a cada persona que cruzó la puerta de la Galería Pablo Ávila y dejó una parte de su propia historia en la sala. Gracias a todos los que vinieron a ponerle el cuerpo y la mirada a esta apertura. Esto recién empieza, y la conversación queda oficialmente inaugurada.
Fecha: 20-MAYO-2026
Hay un momento de quietud extraña en los días previos a colgar una muestra. El taller de Santi, que durante meses fue un territorio de combate —inundado del olor penetrante del aerosol, el fluir denso del acrílico y la estridencia mecánica de la serigrafía—, empieza a vaciarse. Las obras ya no le pertenecen del todo; están listas para ocupar su propia trinchera.
Navegar este proceso implicó una arqueología visual sumamente particular. El punto de partida formal, ese fantasma que sobrevuela la producción, es el Cabichuí. Pero ojo, acá no van a encontrar una ilustración histórica ni una nostalgia literal por los grabados del siglo XIX. Santi no busca replicar el archivo; busca morderlo, metabolizarlo.
Las herramientas cambian. La necesidad humana de crear, no.
El Cabichuí opera como un disparador conceptual: aquella urgencia de la prensa de trinchera paraguaya, donde la tinta arañaba el papel entre el barro y la pólvora, se traduce hoy en la superposición de capas de materia contemporánea.
Es un diálogo abstracto sobre la resistencia de la imagen. La técnica mixta se vuelve entonces una necesidad matérica. El lienzo se transforma en una superficie de sedimentación: el aerosol ensucia la precisión de la serigrafía, mientras el acrílico va velando y develando textos, fragmentos y geometrías heredadas de un diario de guerra que mutó en pintura.
Este sábado las puertas se abren y el silencio del taller se rompe. Lo que queda en la sala no es una respuesta cerrada, sino la antesala de una conversación que recién empieza. Es, si se quiere, nuestra propia línea de defensa visual.